
Aquella tarde del 15 de agosto iba a ver a una amiga para tomar un lonche y conversar en el Wong de San Borja… pasar el tiempo, contarle todo lo que he estado haciendo en estas vacaciones, en fin…
Tomé el bus – la JV – con rumbo a la intersección de las avenidas Javier Prado y Aviación. Me bajo en la vereda del Vértice del Museo de la Nación, cuando escucho a una vendedora ambulante preguntar a un joven “Joven, ha habido terremoto, ¿no?” . No dí mucha importancia a ello, y me apuré a cruzar el puente de la Vía Expresa de la Javier Prado. Tan pronto como llego a la vereda opuesta, al pie del edificio que tiene una gran publicidad de D’onofrio, escucho un ruido como “bruuuuu….”. Pensé “Están cerrando las rejas del edificio…”, cuando de pronto levanto la cabeza y veo a las ventanas vibrar, y con ellas las persianas. De pronto, la tierra comenzó a moverse, y muy fuertemente.
La acera se movía como una ola de mar, no sentía mis piernas, de la rodilla para abajo. Quedé realmente impresionado. Gracias a Dios, a mi costado estaban dos señora y un señor que guardaron la calma, y por las inmediaciones no hubieron tantos gritos como los que se dieron en la Avenida Larco. Atiné a agarrarme de un poste y solo decía “Oh Dios Mío” mientras esperaba que el movimiento cese.
Apenas terminó, cruzé la Aviación como quien va hacia el Plaza Vea de San Borja. Mi amiga me esperaba, y tenía que apurarme por ella… no sabía como iria a reaccionar ante todo esto. Mientras corría hacia el Starbucks de San Borja veía a la gente salir de los bancos, oficinas y otros locales. Una tensión total. La gente desesperada tratando de llamar por celular, sin respuesta.
Quizás la reacción inicial fue demasiado confiada. Sin embargo, conforme vinieron las dos réplicas que nos sorprendieron dentro de Wong, obligándonos a evacuar y obligando también a la tienda a cerrar, y conforme llegaban las informaciones, el ánimo comenzó a decaer. No era un temblorcito cualquiera. Era un terremoto, y las consecuencias eran terribles, como veríamos horas más tarde.
Aquella noche llegué a las 10. Mi familia estuvo muy preocupada, tanto por el terremoto como por las luces que se vieron en gran parte de Lima, las cuales no llegué a ver. Mientras venía a casa con mi tío, recorría la Javier Prado, Pershing, La Marina. Escuchaba en RPP el mensaje, emotivo en el momento, del presidente García. Emotivo también ver y escuchar como, con el pasar de las horas, la cifra de muertos iba aumentando. Emotivo saber que duermes con incertidumbre después de tremenda tragedia, que, mientras duermes, gente sufre en las calles, pobladores lloran y hay personas que comienzan a trabajar sin descanso para controlar y aplacar la situación. Cada vez que escuchaba una noticia trágica me estremecía y le decía a mi hermano, que dormía a mi costado, “150 muertos, Chris, 150 muertos…”. Incertidumbre y miedo, mucho miedo.
Ahora que ha pasado todo, sé que hay gente que ha sufrido mucho más que yo. A todas esas personas, mi apoyo, fuerza y fe. Estos son momentos de reconstrucción. Estos son momentos de ánimo, de ayuda, de saber que hemos superado muchas dificultades, de comprometernos con nuestro país, y, más que nada, con nosotros mismos, porque al ayudar somos más personas, al ayudar, de una manera u otra, encontramos un sentido más a nuestras vidas… sabemos que podemos hacer la diferencia, sabemos que podemos dar lo mejor de nosotros.
Demos lo mejor de nosotros, desde donde estemos. Antes que criticar, actuémos. Antes que polemizar, pensemos en el daño que podemos hacer. Antes que llorar y deprimirnos, tengamos fe en el porvenir. Saldremos adelante.
“Hoy es un nuevo día, Dios está con nosotros” – Escuchado la mañana después del terremoto en un Resumen de la Hora de RPP -
SSP. Siempre se puede.








0 Respuestas a “Terremoto en Perú : Cómo lo viví”